Solidarity forever!

Solidarity forever!

Hace unas semanas se estrenó en México la película inglesa Pride (2014) del director Matthew Warchus. Es la historia de un grupo de gais y lesbianas londinenses que deciden iniciar una campaña de solidaridad, en 1984, con el sindicato de mineros que se encuentra en huelga contras las políticas neoliberales del gobierno conservador de Margaret Thatcher (1979 a 1990). Después de múltiples rechazos de distintas comunidades de mineros, que no entienden ni quieren vínculo alguno con personas que se identifican como gais y lesbianas, a pesar del apoyo ofrecido, logran ponerse en contacto con un poblado minero de Gales. De allí, la historia camina por la construcción de una solidaridad entre dos comunidades que poco se entienden. Sin embargo, a fuerza de ir tirando y comprender que se lucha contra un mismo enemigo, finalmente, cuando la derrota se anuncia, logran la unión en la batalla…perdida, cierto, pero con un tejido de solidaridad que los mineros refrendaran después a la comunidad lésbico-gay.  

El estreno de la película no pudo ser más pertinente, en el marco de la 37ª Marcha del Orgullo LGBTTTI en la ciudad de México, a unos días de que la Suprema Corte de los Estados Unidos validara los matrimonios entre personas del mismo sexo, y la Suprema Corte de Justicia de la Nación estableciera como inconstitucional negar el matrimonio homosexual: “La Ley de cualquier entidad federativa que, por un lado, considere que la finalidad del matrimonio es la procreación y/o que lo defina como el que se celebra entre un hombre y una mujer, es inconstitucional”.

Tres temas rondaron mi pensamiento después de ver la película, que ahora comparto de manera general aquí.

¿Una experiencia intraducible?

Pride estaba destinada a ser un éxito de taquilla y a contribuir al ánimo, ambiente festivo y orgullo LGBTTTI…y sin embargo, después de ver la película, me quedé con la sensación de que hablaba sobre una experiencia que parece hoy intraducible, que entre esa experiencia y nuestro hoy día media una inconmensurable fractura. Pues no se trata sólo de la idea universal de solidaridad, sino de la solidaridad construida a través de la militancia concreta en la lucha social.

Solidaridad, militancia, lucha social, clases, ¿qué sentido tiene todo esto para un par de generaciones que han sido esculpidas en el “fin de la historia” y el “colapso de los meta relatos”?

Por ejemplo, la muy conmovedora escena donde las esposas de los mineros comienzan a entonar Bread and roses 

especie de internacional, que hace referencia a una huelga de obreras en 1912 en Lawrence, Massachusetts. Más allá de lo sentimental de la escena, ¿qué nos dice hoy a la comunidad LGBTTTI esta canción (poema de James Oppenheim, militante de la organización Industrial Workers of the World que encabezó la huelga)?:

                   Mientras vamos marchando, marchando, gran cantidad de mujeres muertas

                   van gritando a través de nuestro canto su antiguo reclamo de pan;

                   sus espíritus fatigados no conocieron el pequeño arte y el amor y la belleza

                   ¡Sí, es por el pan que peleamos, pero también peleamos por rosas!

De alguna manera, uno de los personajes, líder del grupo de lesbianas y  gais, lo sintetiza en una potente pregunta: “¿De qué sirve defender los derechos de los gais y no los de nadie más?”, la solidaridad, la lucha contra un enemigo común…ah, parece queda muy poco de eso.

Después de la derrota de los mineros (tuvieron que levantar la huelga en condiciones muy poco favorecedoras), el grupo de gais y lesbianas se dispersó, el poco apoyo concitado en la población lésbico-gay hacia los mineros se diluyó y el activismo político se redujo a pocos individuos, optando por una estrategia de “integración”. Uno de los personajes lo expone de manera inmejorable: “En 1985 la gente se cansó de la política”. No tuvo que suceder la caída del muro: la derrota de las utopías ya se había anunciado.

Más allá del análisis histórico de esas experiencias, ¿qué queda de ellas?, ¿se han vuelto palimpsestos que sólo los iniciados son capaces de interpretar y traducir?, ¿nada queda de esas experiencias hoy en nuestras comunidades?

La revolución será de los heterosexuales…¡no me joda compañero!

Pride muestra también otra parte poco reconocida de la historia de las luchas sociales: que la lucha de clases no es la lucha en última instancia, junto a ella están también las batallas del género, de la sexualidad. Los feminismos están allí para dar fe y testimonio. Lo que en la película aparece como fricciones que se van zanjando en la pista de baile, en la historia aún son asperezas que no han sido limadas.

Durante algún tiempo, las organizaciones de lesbianas y homosexuales que surgieron en las décadas de 1960 y 1970, además de la lucha por el reconocimiento, también asumieron que la batalla sexual era una disputa política, y buscaron esa unión en la lucha común. En México, por ejemplo, una de estas organizaciones fue el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria que en sus discusiones con otras agrupaciones políticas de izquierda, sostenía la importancia de “discutir y aclarar permanentemente la vinculación que existe entre nuestra sexualidad y nuestras actividades económicas, políticas y sociales, así como culturales, utilizando para ello el análisis de clase”.

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Pero la búsqueda de la unión fracasó. Las organizaciones de izquierda más “radicales” concebían que ninguna batalla estaba por encima de la lucha de clases y la conquista del poder por el proletariado, y cualquier otra  lucha era una  desviación burguesas, y por otro lado, las organizaciones más “reformistas” consideraban que no podían asumir la disputa por el reconocimiento de la libertad sexual, pues tácticamente “no era el momento”…y toda la izquierda cruzada por un profundo machismo y homofobia. Recientemente leí las memorias de un líder de la izquierda radical de las décadas de 1970 y 1980, que fue injustamente detenido y torturado en diversas ocasiones por fuerzas de seguridad nacional, cuando narra la experiencia de su reclusión más prolongada, ocho años de cárcel política, cuenta que después de tres meses lo cambiaron a una zona de la cárcel que era de baja seguridad, donde estaban los más pacíficos “aunque [subrayo esta conjunción] estaban allí algunos narcotraficantes, homosexuales…”, no hace falta una análisis profundo para notar la equivalencia de la criminalidad. Y no sólo en México, era una actitud generalizada, un “espíritu de época”, por decirlo de alguna manera.

Pero muchos y muchas le plantaron cara a esa izquierda, como el chileno Pedro Lemebel en 1986, con su Manifiesto (hablo por mi diferencia):

Porque la dictadura pasa

Y viene la democracia

Y detrasito el socialismo

¿Y entonces?

¿Qué harán con nosotros, compañero?

¿Nos amarraran de las trenzas en fardos

con destino a un sidario cubano?

[…]

Que la revolución no se pudra del todo

A usted le doy este mensaje

Y no es por mí

Yo estoy viejo

Y su utopía es para las generaciones futuras

Hay tantos niños que van a nacer

Con una alita rota

Y yo quiero que vuelen compañero

Que su revolución

Les dé un pedazo de cielo rojo

Para que puedan volar  

Pero aún en el reclamo, en la confrontación, la posibilidad de construir solidaridad, de una revolución para todos, se mantenía por encima. Lemebel volvería sobre lo mismo años después, durante la campaña presidencial de Gladys Marín, del Partido Comunista Chileno, con la pregunta “¿En este tren tenemos cabida todos?” (minutos 7.36-9.22)

¿Podemos pensar que la actitud de las izquierdas ha cambiado? No metería las manos al fuego.

La libertad e igualdad se han alcanzado…en el mall

Toda esa experiencia de lucha, presentada de manera brillante en Pride, parece, insisto, intraducible. Frente al Solidarity forever!, motto de la película, el ideal que hoy se ofrece a la comunidad LGBTTTI, a cambio de la solidaridad, es el de la libertad…en el mercado.

A la par de las notas que resumían lo acontecido en la 37ª marcha del orgullo en el DF, varios de los periódicos de circulación nacional pusieron anuncios de productos, como coches, con clara alusión al “consumo rosa”; también reportajes que realzaban eses “estilo de vida” que se ha asociado a lo homosexual, pero que en realidad alude, déjenme decirlo crudamente: a la clase social del individuo, homosexual o no.    

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Entonces, es inevitable preguntarse ¿se ha alcanzado la integración y libertad sólo para aquellos quienes pueden pagarla?…no soy tan pesimista. Sin duda ha habido avances en materia de reconocimiento, pero no es suficiente, y allí sí es inevitable volver a temas de explotación, de injusticia social, de pobreza…de clase. Y quién no quiera hablar de capitalismo…bueno, entienden la analogía.

El periodista, escritor y activista inglés Owen Jones salió a la marcha del orgullo en Londres, y preguntó lo siguiente “Has the LGBT movement been hijacked by big business? 

Volver a la política, parece el mensaje y exigencia de muchos ¿pero es que acaso hemos estado fuera? Creo que más bien habrá que recuperar esa experiencia de la militancia, de la que habla Pride.

Historiador.