El rostro de Julio

El rostro de Julio

El 11 de julio de 2016, la Comisión Nacional de Derechos Humanos volvió a traer a cuenta la tesis que sostiene que a Julio César Mondragón Fontes, normalista asesinado en Iguala, Guerrero, entre el 26 y 27 de septiembre de 2014, le había sido arrancado el rostro por la “fauna nociva” del lugar en el que fue dejado su cuerpo, y no como parte de la brutal tortura a la que fue sometido hasta su asesinato. La tesis de  la “fauna nociva” ha sido cuestionada por el Equipo Argentino de Antropología Forense, y por la abogada, Sayuri Herrera, encargada del caso de Julio César. La CNDH ahora pretende darle validez a esa tesis, y con ella a la “verdad histórica” del gobierno federal. En septiembre de 2015 fui invitado por la abogada Sayuri Herrera a presentar un libro que da cuenta del caso de Julio César, de imprescindible lectura. En este link pueden descargarlo: http://camilovicente.com/wpcontent/uploads/2016/07/El_rostro_Julio_Libro.pdf

Acá les dejó el texto leído en esa ocasión.    

El rostro de Julio

Presentación del libro “Julio César Mondragón”. 29 de septiembre 2015, UAM Iztapalapa.

 

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En las primeras páginas de su historia del pueblo (o popular) de los Estados Unidos, el historiador Howard Zinn expresó el motto de toda su obra: “Mi perspectiva, al contar la historia de los Estados Unidos es diferente: no debemos aceptar la memoria del Estado como la nuestra”.

            El libro que hoy se presenta, escrito desde la urgencia, se inscribe, me atrevo a decir, en la misma perspectiva: arrancar de la memoria, impedir que el discurso de verdad del Estado haga desaparecer, otra vez, a Julio César Mondragón Fontes.

La violencia de Estado tiende a esconder sus propios medios, genera un discurso que “oscurece su naturaleza”,  la envuelve en una bruma de informes, declaraciones, eufemismos y metáforas. Ese discurso, no es producto del pragmatismo, exceso o equivocación de alguna institución o de sus agentes, sino el corazón de la estrategia estatal y de su lógica de violencia.

            Por ello no es casual la insistencia de las instituciones del Ejecutivo, en principio aquellas vinculadas a la seguridad nacional, de convencernos de que aquellos individuos “abatidos”, “caídos”, “desaparecidos”, en cualquier situación y sin prueba ninguna, forman parte del enemigo al que se combate y que, por lo tanto, ese era su destino.

¿No fue esa la estrategia seguida las primeras semanas después de la desaparición y asesinato de los normalistas en Iguala? Con ello pretendieron convencernos de que aquellos formaban parte de una “banda criminal” para desactivar cualquier tipo de reclamo ulterior. Y con ese fin fue usada mediáticamente la fotografía de Julio con el rostro arrebatado, equiparando la brutalidad con la que fue tratado con la brutalidad que han exhibido las bandas del “crimen organizado”.  Meses después, nos dirán que fue la “fauna nociva” la responsable del terror ejercido contra Julio. (La contribución de la bióloga Quetzalli Hernández muestra la estupidez de tal afirmación).

Sobre los desaparecidos durante el periodo que se conoce popularmente como “guerra sucia”, se decía que muchos habían emigrado a Estados Unidos, y que habían cambiado de nombre, formado una familia nueva, y que no deseaban ser encontrados. Sobre otros, se decía que habían sido desaparecidos por sus propios compañeros por vendettas a causa del dinero obtenido en asaltos a bancos.

El Estado elabora discursos con los que construye a determinados individuos o conjuntos sociales como enemigos, y ese discurso soporta la verdad del Estado. No estamos, pues, ante la elaboración de una mentira o ficción (por más estúpida que nos pueda parecer) sino ante un núcleo ideológico  que estructura la verdad del Estado sobre el enemigo y sobre el conflicto; verdad que adquiere una materialización social: la eliminación de aquellos construidos como enemigos y la aplicación de cambios económicos y políticos que favorecen a pequeños y muy privilegiados grupos sociales.

Cuando uno se pregunta ¿por qué esa insistencia en sacar a Julio Mondragón del caso Iguala? ¿Por qué marginar el caso al ámbito del fuero común y no federal? ¿Por qué las trabas burocráticas para su exhumación?

Porque justamente el caso de Julio puede contribuir a desestructurar definitivamente la verdad del Estado sobre el caso Iguala.   

 

2

Debo reconocer que sobre Julio César, me llama profundamente la atención como el Estado, pero también por los familiares de los 43 desaparecidos y sus compañeros normalistas, no lo ubican como una víctima de detención-desaparición forzada.

La tortura a la que fue sometido Julio, el mecanismo refinado con el que fue supliciado, que la abogada Sayuri Herrera explica cabalmente en su contribución al libro, sólo pudo llevarse a cabo en las horas en las que Julio se encontraba detenido-desaparecido. La tortura, con toda la brutalidad que ésta pueda exhibir, no es producto de una mente enferma, sino un procedimiento altamente refinado usado por individuos entrenados para ello.

La tortura a esos niveles generalmente es aplicada por agentes al servicio del Estado, y con la infraestructura que sólo éste puede brindar. Un ejemplo claro y reciente es el informe del senado de los Estados Unidos sobre el “Programa de detención e interrogación” que la CIA implementó después del 2001. Un informe de más de 6 mil páginas, de las que sólo conocemos 500, en las que se da cuenta de cómo se despareció a “terroristas” y se les sometió a la tortura profesional, llamada “interrogatorio”. La tortura en esos grados sólo es posible mientras se tiene en condición de  detenida-desaparecida a una persona.  

En el modus operandi de la desaparición forzada hay tres momentos: a) la detención y secuestro de la persona; b) el periodo de detención (sin temporalidad determinada) y el interrogatorio, tortura mediante; y c) la terminación de la desaparición forzada. En este último momento encontramos variantes que afectan la cualidad del detenido-desaparecido: la terminación de la desaparición forzada, ya sea por la presentación con vida del detenido, puesto en libertad o porque sea presentado como preso político; o porque su cuerpo aparezca. Otra variante, la que constituyó el “canon”, por decirlo de alguna manera, es el exterminio del detenido y su desaparición continua.

El caso de Julio, debemos situarlo en una de las variantes de la detención-desaparición de personas. ¿Por qué excluirlo? Porque su cuerpo está allí para dar testimonio. Por ello su caso es clave para explicar el conjunto del caso Iguala. 

 

3

La economista Ana Esther Ceceña señala, en uno de los textos integrados por Jorge Belarmino al libro, que estamos ante nuevas formas de reproducción y acumulación del capital, formas que necesitan de la violencia para poder realizarse, pero no es cualquier tipo de violencia: es necesariamente una violencia de Estado.

            La detención-desaparición de Julio, su tortura y asesinato, se inscriben en ese nuevo tipo de violencia. ¿Qué tipo de violencia es, a qué lógica política responde?

Ante la falta de explicaciones de un fenómeno, es natural relacionarlo con otros ya conocidos. Por ejemplo, las constantes alusiones a la “guerra sucia” en el caso Iguala, ¿pero es el mismo tipo de violencia? Sin duda se trata de una violencia política, el caso Iguala y la de los más de 25mil desaparecidos (manifiesto mi reticencia a llamarlos los “otros desaparecidos” hasta no estar completamente probado que se trata de dos lógicas de violencia distintas).

            La detención-desaparición forzada de personas tiene una larga historia en nuestro país, al menos desde la década de 1940 esta práctica es usada con fines de represión política. Pero las desapariciones de esa década son completamente distintas a las ocurridas en la década de 1970, no por su modus operandi, que en términos generales era el mismo, sino porque estaban inscritas en lógicas de violencia completamente diferentes.

            ¿Cuál es la lógica de violencia en las que se inscriben las más de 25mil desapariciones? Los análisis fragmentarios con los que está construido el libro nos indican que aún no hay una respuesta consistente. El libro, pues, es también un llamado a pensar entre todos, a pensar más fuerte. A pensar desde la solidaridad. A pensar desde la exigencia de justicia. A pensar mientras vamos caminando.

 

 

Historiador.